Interpretaciones de la mirada. El paisaje en la colección

Territorio. País. Paisaje

El espíritu humano es capaz de transcribir y revelar la percepción que tiene de los paisajes que habita, o ha recorrido. Al mismo tiempo, puede imaginar y proyectar aquellos que desconoce o que ni siquiera existen. El concepto de paisaje surge en Francia en el siglo XVI por la necesidad de algunos pintores de acuñar un término distinto de tierra o país, para referirse a pequeñas pinturas que representaban vistas de ciertas extensiones de campos, bosques, etcétera. A la larga, el término se extendió a todos aquellos territorios dignos de la mirada del paisista, del pintor. No era, como hoy, un término equiparable a país o territorio sino una ampliación y profundización de los anteriores, lleno de connotaciones estéticas. (1)

En su ensayo La filosofía del paisaje, George Simmel señala que el paisaje “surge” a medida que una serie de manifestaciones naturales es condensada estéticamente en una unidad particular. (2) Federico López Silvestre suscribe la misma idea e indica que la concepción de paisaje germina como consecuencia de un proceso de aprehensión estética y de sentido de pertenencia que un grupo humano tiene sobre un territorio. (3)

En Venezuela, la unificación de la idea de país, y su posterior formulación visual, ocurre a partir de la organización política del territorio, ‑con la delimitación de sus fronteras y el reconocimiento por parte de las demás naciones de su carácter soberano, tras al proceso de independencia‑; y a la conformación de un tejido cultural que articula, o al menos pretende hacerlo, un imaginario colectivo de las particularidades históricas, económicas y étnicas de quienes lo habitan.

En nuestra historia la idea de paisaje se remonta a los apuntes de expedicionarios europeos que llegan a lo largo del siglo XIX con la misión de conocer e inventariar las características topográficas del territorio y las riquezas del mismo. Varias décadas más tarde encontraremos una primera generación de pintores criollos que realizan hábiles estudios paisajísticos, algunos por ser escenarios de eventos históricos de la naciente república y otros, los menos, absolutamente autónomos de cualquier inquietud que no fuera el paisaje mismo, mostrando las características de un territorio que aparece, por fin, ante la mirada vernácula como propio. Este redescubrimiento del entorno ocurre, no por casualidad, al consolidarse la idea de nación y al reconocimiento de lo geográfico como signo de identidad colectiva.

La primera mitad del siglo XX es testigo del surgimiento de una corriente paisajística inédita, iniciada por el Círculo de Bellas Artes y prorrogada por la Escuela de Caracas. “La invención del Ávila como paisaje”, señalada por Luis Pérez Oramas, es el rasgo más resaltante de este periodo, momento en el que los pintores abandonan la academia y salen al aire libre para pintar su entorno. Esa predilección por las afueras de la ciudad, y sobre todo por la majestuosa montaña, se mantiene a lo largo del siglo XX, algunas veces como motivo principal, siendo Manuel Cabré y Pedro Ángel González sus mayores exponentes.

A partir de la mirada de nuestros artistas el paisaje se transforma en país estetizado, en imagen que más allá de una intención mitológica o estratégica, es espacio de reconocimiento de quienes habitan su extensión.

En 1997 la Galería de Arte Nacional realiza una exposición clave para reconocer este proceso: “La invención de la continuidad”, modelo ineludible de reconstrucción de la continuidad histórica del paisaje, junto con las representaciones del cuerpo y las estructuras, como una tradición plástica persistente hasta nuestros días. (4)

A partir de este antecedente es posible hacer una lectura sincrónica de la colección, que si bien manifiesta de manera tangencial las múltiples transformaciones que ha experimentado la nación, centra la atención en la recurrente problemática plástica asociada al paisaje para develar elementos topográficos y soluciones formales que se erigen en motivos modélicos dentro de las artes visuales, desde mediados del siglo XIX hasta hoy.

Hablamos de Caracas con la montaña del Ávila como telón de fondo y el mar como su reverso caribeño; del estudio de la luz como fenómeno para la indagación pictórica; de fijar la atención en los detalles y fragmentos que conforman una totalidad más amplia; del espacio urbano e industrial, con sus promesas y desencantos; de la persistencia de métodos clásicos de la representación; del retorno a una relación orgánica con el espacio y los elementos naturales; de la síntesis de coordenadas geográficas en elementos casi crípticos; de la transformación de paisajes en estructuras constructivistas; y de las contradicciones que encierra un paisaje distópico.

Caracas, la villa, de Jean-Baptiste Louis Gros; Retrato, de Ventura Gómez; El Ávila desde Blandín, de Manuel Cabré; Haciendo el terraplén, de Pedro Ángel González; y cuatro vistas del Ávila, del olvidado Vasil Hrihorovich Kricevski, reconstruyen una tradición pictórica en la que la montaña es ineludible motivo para hablar de la ciudad. Paisaje de José Vicente Aponte Istúriz, tres vistas del Ávila de Carlos Herrera y Almohadilla de ratón de Luis Molina-Pantín completan el grupo.

El reverso de la gran montaña está enmarcado por el mar Caribe. Vista de Maiquetía, de Gustavo Langenberg Winckelmann; Quietud agonizante del pueblo marinero, de Ramón Vásquez Brito; y Mundo de agua, de Mario Abreu, revelan la condición litoral del país desde tres puntos de vista: la mirada casi cenital desde la montaña en Langenberg, la visual horizontal desde plena costa de Vásquez Brito y el sumergirse en el detalle líquido de Abreu.

La serie Climática, de Juan Araujo, muestra las transformaciones tonales que experimenta un mismo horizonte bajo la influencia de una luz cambiante; mientras que en Paisaje en azul y Puerto de La Guaira, de Armando Reverón, la luz parece concentrarse hasta producir el encandilamiento de la retina.

Otra forma de entender el paisaje es a partir de los elementos que lo componen, la vegetación por ejemplo. Árbol desde El Guanábano con paisaje del Ávila al fondo y Árbol desde el puente El Guanábano, de Nicolás Ferdinandov, anteponen la estructura arbórea sobre el horizonte, marcando la localización precisa del sitio utilizando el color de manera profusa. Caso diferente ocurre con Composición: ramas y Sin título ‑árbol caído‑, de Ricardo Razetti; y en Sin título ‑de la serie Neblinas‑, de Carlos Puche, quienes suprimen la anécdota geográfica para centrarse en lo compositivo, dado por los elementos naturales y la atmósfera. Por último, 916.442 Km2, de Antolín Sánchez, completa el conjunto con una vista de un entorno árido.

Flores, de Cristóbal Rojas; las ilustraciones realizadas por Luisa Palacios y Humberto Jaimes Sánchez para el álbum Humilis herba; Pasan y arden, de Luis Lizardo, y Tulipanes, de Patricia van Dalen, se inscriben dentro de una tradición del paisaje más intimista, en la que la vegetación es el motivo para indagar las posibilidades expresivas del color.

Cianeas, de Adrián Pujol; Pieza 3, de Harry Abend; y Otra vegetación, de Carlos Poveda, refieren a las consecuencias de un tiempo marcado por la civilización industrial. Modelo para una fuga, de Julio Pacheco Rivas; Fuego en el cielo, de Antonio Moya, y Recuerdo de una mágica Caracas, de Renato Cortesi Zanca, nos acercan, desde la utopía, el escepticismo y la añoranza, respectivamente, a la ciudad como hábitat contemporáneo; mientras Sobre el Roraima, de Margot Römer, hace visible la fusión de territorio y símbolos patrios como identidad nacional.

Un esquema clásico de la representación del paisaje es el uso de la perspectiva renacentista para producir en un plano bidimensional la sensación de profundidad. Esto se aprecia en Patio de la casa del pintor, de Martín Tovar y Tovar; Paisaje caraqueño, de Antonio Alcántara; Calle de La Amargura en Monte Piedad, de César Prieto; y en Casa Alcock II, de Paolo Gasparini.

Tierra de todos, tierra de nadie, de Irene Pressner, retoma la cualidad material de la pintura desde la acumulación de materias orgánicas en gestos serializados, que hablan de recorridos íntimos y colectivos a través del espacio.

Otros paisajes surgen de la síntesis de las condiciones topográficas de un territorio a través del empleo de elementos gráficos y volúmenes. Esa forma de resumir la dimensión espacial se percibe en Union Square 11 y Union Square 13, de Gerd Leufert, y Aroa, de Víctor Valera.

Impresión del Ávila y Paisaje otoñal, de Paul Klose, y Sin título, de la serie de nubes de Rolando Dorrego, representan espacios geográficos a través de formas abstractas o geométricas.

Yesquero y Lámpara, ambas de la serie Nuevos paisajes, de Luis Molina-Pantin, representan objetos genéricos que aluden al no-lugar y a la visión idealizada del paisaje foráneo. 

Lugar de Exhibición

Sala 1

Dirección

Avenida México. La Candelaria, Caracas - Venezuela.

Fecha

De Domingo, Mayo 31, 2015 hasta Domingo, Marzo 20, 2016

Horario

Martes a domingo de 9 am a 5 pm